18 de juliol 2011

Reverberacions a les coves pintades


Fa pocs dies he acabat la lectura d’un d’aquest llibres immensos, que pertany a una sèrie de gran volum: “Los hijos de la tierra”.

Crec que literàriament, “La tierra de las Cuevas pintades” es una mica fluixet, com els darrers volums de la sèrie, avorrit i sense acció. El desenvolupament és lent i molt repetitiu; i, a mesura que llegeixes els llibres de la sèrie, es van recordant constantment determinats episodis.

Tot i que Jean M. Auel, ha fet un gran treball de recerca a l’hora d’elaborar aquesta sèrie de llibres, hi ha alguns detalls més imaginatius, que es poden entendre com una llicència per fer el contingut més amè. De fet, cal molta imaginació per descriure amb tant de detall, com devien viure els nostres avantpassats de l’era glacial.



Un dels punts que m’ha cridat l’atenció, és l’ús del so, i més concretament de la veu, per detectar espais que es poguessin considerar sagrats. Segons descriu l'autora, els nostres avantpassats cercarien els punts sagrats de les coves en aquells punts on la seva veu reverberés d'una manera especial. Ignoro si aquesta pràctica aquí descrita està basada en algun comportament d’algun poble contemporani a nosaltres, però se non è vero, è ben trovato.



Per als qui no conegueu la història, en aquesta escena, tres adults: la protagonista; Ayla, el seu company, Jontalar i una mena de sacerdotessa coneguda com “la primera” o “Zelandoni”, de la qual Ayla és aprenent, visiten una cova sagrada amb nombroses pintures a les parets en companya d’un bebè, Jonayla, y d’un llop criat des de menut per l’Ayla.





La Zelandoni empezó a tararear otra vez hasta que llegaron a un sitio donde
la cueva resonaba de otra manera. Cantó con mayor claridad tonal conforme se
acercaban a un pequeño túnel a la izquierda.





La mujer reanudó su canto. Ayla y Jondalar empezaban a acostumbrarse al
timbre reverberante que adquiría su voz en algunos momentos para anunciarles que
estaban cerca de alguna parte sagrada de la cueva, un sitio más cercano al otro
mundo.



...



—Emitir sonidos que resuenen, que produzcan alguna especie de eco, ayuda a
orientarse. Algunos emplean flautas, así que tus cantos de pájaros, Ayla,
deberían servir, pienso. ¿Por qué no lo intentas?



Ayla se sintió un poco cohibida y no supo bien qué pájaro imitar. Al cabo de
un momento se decidió por la alondra y pensó en el ave con sus alas oscuras y su
cola larga orlada de blanco, sus llamativas betas en la pechuga y una cresta
pequeña. Caminaban en lugar de brincar y vivían en nidos construidos de hierba a
flor de tierra, muy ocultos. Una alondra, al ahuyentarla, emitía una especie de
gorjeo líquido y prolongaba el canto del amanecer mientras alzaba el vuelo hacia
el cielo. Ése fue el sonido que Ayla produjo.



En la oscuridad absoluta de la profunda cueva, su imitación perfecta del
canto de la alondra resultó extrañamente fuera de lugar. Un sonido chocante y
fantasmagórico que provocó un estremecimiento en Jondalar. La Zelandoni intentó
disimularlo, pero la recorrió igualmente un escalofrío inesperado. Lobo lo
percibió también y ni si quiera se molestó en disimularlo; su asombroso aullido
de lobo reverberó en aquél descomunal espacio cerrado y despertó a Jonayla. La
pequeña empezó a llorar, pero Ayla enseguida entendió que, más que un llanto
motivado por el miedo o el malestar, era un sonoro lamento para acompañar la voz
de Lobo.



—Ya sabía yo que ese Lobo pertenecía a la Zelandonia –sentenció la Primera. Y
decidió sumarse al coro con su vibrante voz operística.



Jondalar, atónito, se quedó inmóvil. Cuando cesaron los sonidos, dejó escapar
una risa un tanto vacilante, pero acto seguido la Zelandoni también se echó a
reír, lo que arrancó a Jondalar una de aquellas carcajadas sinceras y alegres
que a Ayla tanto le gustaban y ella misma se unió al bullicio.



—Creo que no había tanto ruido en esta cueva desde hacía mucho tiempo
-comentó la que era la primera-. Seguro que a la Madre le gustará.



Cuando reanudaron la marcha, Ayla hizo gala de virtuosismo en la imitación de
reclamos de aves y no tardó en detectar un cambio en el eco. Se detuvo a
examinar las paredes: primero la derecha, luego la izquierda; y vio un friso con
tres rinocerontes. Los animales aparecían sólo perfilados en negro, pero las
figuras transmitían una sensación de volumen y su contorno era de tal precisión
que producían un efecto notablemente realista.



“La tierra de las cuevas pintadas”
de Jean M. Auel (p 246, 248, 250-251)